Author Avatar por Jesús Cerda
noviembre 27, 2020

El complejo de Siri

La conocí hace muchos años, siempre le llamé por su segundo nombre, solo para hacer un distingo. Tenia los ojos mas pequeños que he visto en la vida entera y, cosa extraña, armonizaban perfecto en su rostro.

Su piel era tersa y de un solo tono y sus dientes estaban alineados como granos en una mazorca fresca; Se podía sentir su jugo y muchas veces me imaginé que eran frágiles y podrían romperse mordiendo dulce de azúcar.

Ella tenia apenas unos meses mas que yo pero se notaba mas hecha, además no paraba de hablar y podía opinar prácticamente de todo aunque no supiera pronunciar mi nombre sin dificultad.

Dejé de verla por mucho tiempo; emprendió un negocio ambicioso que justo a poco de cerrarse, se le salió de las manos -según me relató cuando la encontré vendiendo comida española en el mercado municipal de Uruapan-. Ahí, -me dijo- no la querían, porque su comida era la mejor, le tenían envidia y querían echarla.

Me sorprendió lo cambiada que estaba, era sin duda ella pero se había cubierto de capas y capas, como una cebolla. Con maquillaje agrandaba sus ojitos, negándose a si misma y restándole naturalidad, incluso la sentí acartonada, pero despertó en mi una emoción desconocida.

Le propuse verla por la tarde en el café del portal, para que pudiera atender su negocio pero me dijo que la esperara unos minutos porque ya había terminado (cosa que me sorprendió)  y me pidió que me adelantara y comprara un par de helados en el puesto de Don Jacinto.

-Asegúrate que sea el de Jacinto, traen una bata anaranjada que yo les diseñé-  me alcanzó a decir  y agregó que de los catorce negocios de nieve de la plaza, era la única que se hacía con limpieza y con ingredientes naturales, que la de Martha no tenia suficiente fruta, que la de Pedro, tenia demasiada azúcar, que con Juan te daban menos de lo que te cobraban y que Antonia vendía bolas huecas robando a los clientes mas de la mitad de lo que anunciaba.

Asi que compré para mi un helado de mandarina y para ella uno sabor pistache que enseguida fue a regresar porque era alérgica -dijo- y no era lo que me había pedido. La vi discutiendo con el vendedor que no podía devolver la nieve al contenedor ni a ella el dinero y me sorprendió ver como se lo arrojaba a los pies ante la negativa. Parecía muy molesta. Me sentí incomodo y culpable.

Cuando se sentó todavía maldecía, no podía creer que el muchacho no la complaciera, ella era una cliente importante -se quejaba- pero ya lo vería con Jacinto y seguro lo despedirían, el se arrepentiría porque además la madre le debía muchos favores y ella no merecía ser tratada asi.

Se relajó un poco y sonrió, al hacerlo, se hizo la luz.

Nos sentamos en una mesa de un pequeño restaurante de comida típica en el portal pero no pidió café, dijo que el café ahí era realmente malo, que ella solo tomaba del que tenía en casa porque el del pueblo estaba lleno de pesticidas y de sangre, incluso me dijo que prefería los aguacates de Jalisco aunque no estuvieran certificados, porque los de ahí solo tenían la fama.

La acercaron un vaso con agua mineral pero tenía demasiado hielo, asi que con una cuchara primero y luego con los dedos, quitó lo que sentía una exceso porque además los del sitio la conocían y sabían que el hielo le dañaba ya que desde que superó la Covid sus pulmones y garganta le quedaron delicadas y se inflamaba con facilidad quedando afónica. Me contó enseguida que la había contagiado su marido que asistía a los puteros de la periferia a pesar de la inseguridad y de las advertencias de salubridad y al que había corrido de la casa en común unos días antes de enfermarse y que era tal la suerte del hijo de perra -asi lo llamó- que el era asintomático y no había sufrido percance alguno.

De su bolsa, saco una botella de Whisky y lo mezcló en su vaso con el agua al que dio un gran trago, se notaba enseguida que estaba curtida y sedienta.

Me negué a beber con ella y traté de explicarle que estaba jurado, pero no le interesó saber de mi, enseguida habló sin parar por mas de cuatro horas de absolutamente todos los temas y aburriéndome mortalmente. Pidió de cenar y devolvió el plato cuatro veces, le sobraba queso, le faltaba sal, el maíz estaba acedo y el pescado estaba viejo.

Yo estaba agotado y ella, ebria.

En una distracción, cuando volvía del baño, me despedí y quedé en verla para desayunar y poder seguir conversando y me pidió unos pesos para pagar el taxi a casa, pues había olvidado el dinero. Se los di con la misma prisa con la que deseaba llegar al hotel para darme un baño.

Por la mañana, muy temprano, abandoné el sitio y me dirigí a Morelia, quería visitar el templo de la Santa Virgen de las Mercedes e investigar si había algún retiro de silencio pues su voz aún sonaba en mi mente como una cascada de vidrios rotos.

No recuerdo su primer nombre, yo siempre la llamé Siri y no me despedí de ella, porque sabía que sería interminable.

Luego, días después encontré que esa verborrea ocultaba tremendo esfuerzo de anular a los demás y esa descalificación constante implicaba su pobre aceptación y amor propio y le agradecí a la vida por enseñarme que casi siempre es mejor ser feliz, que tener la razón.

La salud emocional es un habito que deja fuera otros.

En ICONO WorkFocus estamos trabajando en cambiar nuestros hábitos para seguir creciendo y crecer, a veces duele.

Pedir ayuda es lo mejor cuando cambiar significa tanto. Podemos ayudarte.

 

 

 

COMENTARIOS

Una Respuesta a “El complejo de Siri”

  1. Pilar Espinosa dice:

    Excelente Reflexión!

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