Author Avatar por Jesús Cerda
octubre 9, 2021

El frio del verano y las treinta y tres razones…

Las emociones, leí por ahí en algún mensaje electrónico, tienen un alto contenido biológico que muchas veces es ignorado; Me hace sentido, puesto que somos -dicen- varios sistemas funcionando a la vez y no entidades desconectadas que se encienden y apagan según lo requiera el momento. No puedo evitar relacionarlo con los espirales dinámicos del Dr. Graves(r) que se revisan en el @emotionalpaycheck(r) y que sin duda, me reflejan mejor, pues puedo estar en diferente espiral según mi intención y según el contexto: si busco el poder sobre otros veré a través de ese vidrio y si busco poder servir a otros, el cristal puede que sea diferente, pero también la mirada. Aquí, podemos ver el intercambio de energía biológica, química y física.

Hace un rato charle vía remota con un nuevo amigo, y me dejó recordando…

Me vi en el puerto de Buenos Aires, de pie y muy cerca de donde el rio de la plata se rompía en un vaivén inquieto, de agua oscura.

Los co-viajeros emocionados alquilaban transporte para la siguiente visita “obligada”, pero, a mi, algo me impedía vibrar con su entusiasmo.

Era un invierno particularmente crudo y el frío, desde siempre, me ha encogido el corazón, pero, esta vez, no tenía que ver con el par de amigos que seguían extraviados en la capital, eso, en aquel momento, ni lo recordé, trémulo de ver al otro lado del rio, pinceladas de aquella majestuosa ciudad y de escuchar en mi cabeza una voz diciéndome “no cruces”.

Disgustado y en solitario y pensando todo el tiempo lo que estarían aprendiendo en aquel paseo, me quedé sin quedarme.

Por la tarde noche, mientras comíamos y contaban sus experiencias al regresar del viaje, noté en los ojos de Carmen –una de mis compañeras-, un brillo raro. Era un color turquesa que había aparecido detrás de sus pupilas negras que le daba una profundidad a su mirada que antes no llevaba. Intrigado, busque en el resto que habían subido al moto-taxi y otros ocho, tenían esa mirada, y se veían ausentes, extasiados, como si estuvieran mas vivos que antes pero en otra parte.

Sin alargarme, pregunté al guía por el fenómeno pero me dijo, que no notaba lo que le decía y nervioso, se había despedido prometiendo llegar temprano al otros día que iríamos a la Casa Rosada y la Recoleta.

El viaje duró algunos días mas y conocimos verdaderas maravillas, comimos de lo mejor y bebimos poco pero de alto nivel, lo justo para deshacer la carne en la boca y tragarla como si fuese una mantequilla. Sin embargo, desde aquel momento, tuve la sensación de que alguien me miraba desde lejos y me hacía voltear continuamente hacia donde  suponía, estaba aquella ciudad.

Alejandro (que asi se llamaba el joven explorador que nos guiaba) me dijo acercándose con un mate para invitarme:

-Deja de preocuparte, es ella, te llama, te invita y sabe que algún día has de regresar para visitarla, es la de los treinta y tres, desde la playa te pidió que no cruzaras porque poco sabías de ella, pero que luego te enterarías.

Sentí que la garganta se me cerraba y llore incontrolablemente, pero desconocía las razones.

Supe que las emociones hacen eso a veces, cuando algo te mueve los cimientos, cuando recibes lo inesperado.

¿Tendrás treinta y tres razones para pensarlo un poco mas? En ICONO WorkFocus podemos acompañarte en esa búsqueda de las emociones que generan acción y que nos hacen llegar o no llegar. En lo personal y en lo laboral.

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